LAICOS

Jesús, el enviado del Padre con la fuerza del Espíritu Santo, nació de la Santísima  Virgen María para mostrarnos todo el amor del Padre, Creador de todas las cosas; Para salvarnos, es decir, para quitar el pecado del mundo y darnos el poder de llegar a ser hijos de Dios, convocándonos en la unidad de su Familia, la Iglesia.

Él, que es nuestro Modelo, nos invita a seguirle. Existen en la Iglesia tres formas, queridas por Dios, de seguir a Cristo: La vida del ministerio Ordenado (obispos, presbíteros y diáconos), la vida consagrada y la vida laical.

Los laicos son todos los fieles cristianos -excepto los obispos, presbíteros, diáconos y personas consagradas- que por el bautismo forman parte de la Familia de Dios, que es la Iglesia (cfr. Código de Derecho Canónico, c. 207, p.1;).

Los laicos, que viven la vida normal en el mundo, implicados en todas y cada una de las ocupaciones y trabajos de éste, en la vida de la familia, que estudian, trabajan y entablan relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales y etc., tienen la misión de ser presencia del Verbo encarnado en el mundo, viviendo los valores del Evangelio e impregnando de los mismos las realidades temporales, es decir: su vida personal, familiar y social (cfr. LG., 31).

De esta manera, como Hijos de Dios, unidos a Cristo, con la guía del Espíritu Santo y en una adhesión confiada a la Iglesia, deben hacer que las diversas manifestaciones de la vida personal y social, como la política, la económica, la ciencia, la tecnología, la cultura, el arte, el deporte y la recreación, den gloria a Dios, sirviendo verdadera e íntegramente a todos los hombres y mujeres (cfr. “Christifideles Laici”, 15, 36).

Los laicos participan de la misión de la Iglesia, ya que ellos son la Iglesia. A ellos Jesús les dice: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20,3-4). El llamamiento del Señor se dirige a cada uno personalmente. Cada uno, con su ser y con su obrar, se pone al servicio del crecimiento de la comunión eclesial, como afirma San Gregorio Magno: “En la Santa Iglesia cada uno sostiene a los demás y los demás lo sostienen a él” (Hom. In Ez., II, I,5:CCL 142, 211).

La comunion de la Iglesia, ya presente y operante en la acción personal de cada uno, encuentra una manifestación específica en el actuar asociado de los fieles (cfr. “Christifideles Laici”, 19 y 20). Toda Asociación de Fieles se encuentra bajo la guía del Obispo (cfr. Código de Derecho Canónico, c. 301, pp. 1 y 2).