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PRESBITERIO
DIOCESANO
Jesús,
el enviado del Padre con la fuerza del Espíritu Santo, nació
de la Santísima Virgen María para mostrarnos todo el
amor del Padre, Creador de todas las cosas; Para salvarnos, es decir, para
quitar el pecado del mundo y darnos el poder de llegar a ser hijos de Dios,
convocándonos en la unidad de su Familia, la Iglesia.
Él,
que es nuestro Modelo, ha querido llamar a algunos de entre sus discípulos
para, mediante el sacramento del Orden, hacerles partícipes de su
sacerdocio único y eterno, de modo que sean presencia y prolongación
sacramental de la vida misma y de la acción del propio Jesucristo,
Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, viviendo la caridad pastoral, que
consiste en la entrega total al servicio de la misma Iglesia y del mundo,
anunciando la Palabra de Dios, celebrando la sagrada Liturgia, y guiando
a la comunidad a ellos encomendada (cfr. Pastores dabo vobis, 15).
La
palabra “Orden” designaba en la antigüedad romana a los cuerpos constituidos
en sentido civil, sobre todo el cuerpo de los que gobiernan. “Ordenación”
designa la integración en un cuerpo, en un orden. Por el sacramento
del Orden, aquellos que han sido llamados por Dios, en la Iglesia, a ser
presencia sacramental de Cristo, se hacen partícipes de su sacerdocio
único y eterno.
Desde
los orígenes, el ministerio ordenado ha sido conferido y ejercido
en tres grados: el de los obispos, el de los presbíteros y el de
los diáconos. Los presbíteros están unidos a los obispos
en la dignidad sacerdotal y al mismo tiempo dependen de ellos en el ejercicio
de sus funciones pastorales; son llamados a ser cooperadores diligentes
de los obispos; unidos entre ellos forman, en torno a su obispo, el presbiterio
que asume con él la responsabilidad de la diócesis. Reciben
del obispo el cuidado de una comunidad parroquial o de una función
eclesial determinada (Catecismo, 1595).
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